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Los árboles de mi vida

In EL CASTILLO Hotel on 27 octubre, 2019 at 18:51

Las palmeras son mi niñez. Crecí en una casona de principios de siglos, donde mucho antes alguien plantó tres palmeras de las canarias. Con sus doce o trece metros, esas tres palmeras eran los seres más altos del universo. Eran la aventura. Una de ellas era la selva, gracias a la espesísima enredadera que la cubría enteramente desde los pies al cielo. Otra era el parque, por el gusto a limón del tallo finitísimo de las florcitas muy pequeñas color rosa que la rodeaban. Y la otra era el peligro: ¡sus ramas secas se estrellaban en el suelo sin avisar! Supe después que, además de la aventura, eran la amistad. Esa amistad que ayuda. Porque vi que en las plazas usaban sus larguísimas ramas para barrer. ¡Qué fuertes eran esos barrenderos para manejar semejantes escobas! Y valientes, ¡porque había que animarse a acercarse a esas púas! Hace poco volví a visitar mi casona natal, y los dos retoñitos que recordaba de hace veinte años, ahora son unas hermosas palmeras que crecen, lenta pero confiadamente, junto a sus progenitoras.

Las palmeras de mi casa natal

El plátano es mi adolescencia. En Villa Mercedes las veredas eran anchas. Rotas y anchas. El otoño, frío y seco y casi todo horrible, tenía una sola ventaja: caminar por las veredas y hundirme en las montañas de hojas secas de los plátanos. La primavera, soleada, menos seca y casi toda linda, tenía una sola desventaja: caminar por las veredas y llenarme los ojos y la nariz de esas pelusitas de las bolitas de los plátanos. El invierno era tan frio que los plátanos parecían las únicas estructuras cálidas de la ciudad. Y el verano tan soleado que los plátanos parecían las únicas estructuras frescas. Creo que los desacuerdos propios de mi adolescencia, como creerme muy adulto a veces y muy niño otras veces, coincide con el plátano, tan protector a veces cuando con sus ramas convertía calles en túneles, y tan egoísta otras veces cuando decidía quedar pelado o tirar pelusitas.

Hojas de plátanos

El algarrobo es el árbol de mi adultez. Tal vez sea porque es el árbol preferido de mi madre, en una etapa de la vida en la que yo empiezo a conocer sobre vegetación. Mi madre me cuenta de su admiración por el porte, la belleza y el carisma del algarrobo, y al mismo tiempo me explica su conmoción por la fragilidad del árbol frente a la soledad o frente a la abundancia de agua que él nunca pide. Yo uno las palabras metafóricas de mi madre con las palabras denotativas de mis profesores y aprendo a amar al algarrobo. Y amando al algarrobo aprendo a unir muchos aprendizajes de la vida.

Mom's Dreamed Tree

-Fabián G. Fábrega