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¡Bienvenidos a nuestro Blog!

El Castillo es un hotel 5 estrellas eco-sustentable con servicios all-inclusive. Lo soñamos en familia, lo creamos en familia y lo gestionamos en familia.

Todas las actividades en El Castillo tienden al desarrollo de las capacidades intelectuales, artísticas, deportivas e interpersonales.

En este blog encontrarás novedades relacionadas con nuestro edificio histórico, con el arte que desarrollamos dentro de él (fotografía, pintura, danza), con las prácticas de gestión sustentable, con charlas y conferencias que dictamos invitados por universidades, y con nuestra visión sobre el propósito de las empresas.

Si deseas conocer los programas, tarifas y fechas disponibles, te invitamos a visitar nuestro sitio web tocando aquí.

¿Nos acompañamos con música?

En estos días se cumplen veinte años de la grabación de música folklórica argentina que hicimos en el año 2000 con nuestra banda IOVICO VA.

En este extraño momento que vivimos, cuando las personas estamos obligadas a permanecer alejadas físicamente, creo que debemos hacer todo lo posible para sentirnos cerca espiritualmente, y compartir música es una forma de acompañarnos.

Cuando grabamos este disco teníamos veinte años. Y entonces comenzaban los atentados y conflictos bélico-religiosos en el mundo. Y la crisis del 2001 en Argentina. Y todo parecía temblar. Y nosotros, en familia, comenzamos a pensar en una nueva forma de vivir: nació El Castillo Hotel como una especie de sueño/proyecto. Y así, trabajando, creando, aprendiendo, han pasado veinte años más.

¡Cuántos cambios pueden aparecer en tan poco o tan mucho tiempo!

Por eso, porque todos en Argentina sabemos sobre cambios y temblores, y sobre formas de reponernos, no nos desesperemos ahora. En cambio, frente a la distancia física, acompañémonos con el alma. ¡Hay tanta alma en la música! ¡Compartamos música!

-Fabián G. Fábrega

IOVICO VA, hace 20 años (Diego Bornand, nosotros tres hermanos Adriana, Edgardo y Fabián Fábrega, Fernando Pela y Sebastián Mora). Esta grabación tuvo como director a Juan Carlos Cirigliano (pianista de Astor Piazzolla, entre muchísimos otros grandes artistas de la historia), como músicos invitados a Hugo Pierre (leyenda del jazz mundial, fallecido en 2013) y Adolfo Cirigliano, y como productores a nuestros padres.
IOVICO VA, hoy (nosotros tres hermanos Edgardo, Fabián y Adriana Fábrega, y Fernando Pela, en El Castillo Hotel)

¿Nos acompañamos leyendo?

La lectura nos hace sentir cerca. Cerca de quien escribe, de quien lee, de quien comenta, de quien escucha…

Para sentirnos acompañados, les compartimos el primer capítulo del primer libro de Fabián, “Del amor, obra literaria completa”, que se apoya en el humor para expresar una mirada esperanzadora en momentos difíciles.

FÁBREGA, Fabián G. Del Amor, Obra literaria completa. Buenos Aires: Editorial Dunken, 2015

El amor, mi éxito continuo
Monólogo para ser leído en público

Y sí, el amor es mi especialidad.

Puedo describir mi vida, toda ella, contando solamente las historias de pasión que he vivido.

La gente, por lo general, tiene alguna herida amorosa. Yo no. Yo no y los demás sí. Esto se debe, sencillamente, a que los demás no tienen el nivel de sensibilidad que yo sí tengo. Yo sé darle a cada mujer lo que necesita. Por eso todas quedan tan satisfechas y felices que no hacen otra cosa más que agradecerme una y otra vez. Así es como mi corazón va haciéndose cada día más y más grande, y fuerte, y sano, y lleno de capacidad de dar.

Voy a empezar a contarles, desde el principio, cómo ha sido mi vida. Tal vez algunos se sientan identificados (los exitosos en el amor), tal vez otros no (los no exitosos en el amor). A medida que mi relato vaya desarrollándose, pueden ir ubicándose hacia la izquierda los que se sientan identificados –esto es, los exitosos– y a la derecha los que no se sientan identificados –esto es, los fracasados.

Habría tenido yo la edad de dos años y ya la gente se daba cuenta de mi capacidad de brindar amor. Nunca necesitaba de cosas materiales para transmitir mi amor. Dejaba desnudo mi corazón para que las personas se acercaran a él si lo precisaban. Es así que iba todos los días, desde mi casa al kiosco de la esquina, desnudo. Y la gente decía “¡ay, pero qué amor!” Otras personas, como mi abuelo, decían “¡qué barbaridad, este chico de grande va a ser un impudoroso!” En realidad a esa frase nunca la entendí, porque nunca me explicaron bien lo que era el pudor. Ese mismo acto de despojo lo realizaba también cuando iba a la pileta del club (era medio pobre, por eso no tenía pileta en mi casa): antes de tirarme al agua, prolijamente dejaba la malla bajo la sombrilla (además evitaba que la malla se mojase).

Luego, ya de grande, a eso de los ocho años, llegó mi primer amor: Sofía. Lo supe desde la primera vez que la vi, cuando ella me miró. Me miró tan profundamente que se detuvo mi vida delante de mi propio ser. En realidad, ahora que lo pienso, no recuerdo si ella me miró, o si yo la miré. Lo importante es que hubo una mirada. Creo que fue mía. Y debe de haber sido mía, porque luego averigüé que ella le dijo a su mejor amiga, muy amiga de mi hermano, que no me había visto nunca. Ella era mayor: tenía doce años. Pero por suerte a esa edad, ocho el varón y doce la mujer, no se nota tanto la diferencia. La cosa es que estuvimos un año enamorados, en la escuela, hasta que a fin de año no aguanté más, no pude contenerme, y agarré y fui y, mirándola con el corazón, le hablé y le dije “¿me firmás?” Era el papiro de recuerdo de los compañeros que yo hacía para firmar todos los fines de año. Además estaba desesperado porque ella pasaba a la secundaria y no la volvería a ver. Bueno, Sofía dulcemente me escribió la frase más romántica que jamás me habían escrito hasta ese momento de mi vida. Me puso así: “Fabián: espero que pases felices vacaciones”. Aún conservo ese papiro en mi cajón de los éxitos amorosos.

Feliz con mi primer logro en el amor, pensé en pasar a cosas mayores, y fue así que en sexto grado me enamoré de Susan, mi maestra. Éste fue un amor un tanto complejo, pero no por ello menos feliz. Recuerdo cuando ella nos enseñaba a escribir cartas… Un trabajo práctico fue escribirle a alguien del aula, entonces se pusieron todas las cartas en un canasto y después se repartieron. Algunos alumnos populares recibían varias cartas, otros no recibían ninguna. A mí, no hace falta que lo aclare, sólo se me ocurrió escribirle a mi amor Susan. Y extrañamente sólo recibí una carta. ¿De quién?… ¡De mi señorita Susan! El tema principal de mi carta era mi pasado éxito amoroso, que ya les comenté, de Sofía. El tema principal de su carta era el amor que ella sentía por mí. Me contaba lo feliz que la hacía compartir conmigo los momentos más importantes de su vida; por ejemplo, la alegría que sentía por el cercano casamiento con Walter, su novio de siempre. Su carta está enroscada al papiro de Sofía, con una goma elástica que renuevo semestralmente para que no se seque, en mi cajón de los éxitos amorosos.

Feliz con mi segundo logro en el amor, pensé en no quemar etapas, no apurarme demasiado, y dedicarme a amar a mujeres de mi edad. Fue así que en séptimo grado me enamoré de varias: Verónica, que vivía a una cuadra de casa; Carolina, que no vivía a una cuadra de casa pero esa era casi la distancia que nos separaba cuando nos abrazábamos para bailar lentos (era pequeña de cintura, pero voluptuosa); y varias otras admiradoras que aparecieron todas juntas al mismo tiempo. Me llamaban por teléfono, me paraban en los recreos, me decían “yo te conozco, sé todo de vos: cuándo es tu cumpleaños, de qué signo sos, en qué mes naciste, cuántos años tenés…”. Hasta habían investigado mi fecha de nacimiento. Por aquella época, una de mis más favoritas armas de seducción era el baile. Un trompo en las pistas siempre fui. En una salida a los bailes nocturnos de la escuela, le pregunté a una amiga de Verónica (la que vivía a una cuadra de casa) “¿tenés ganas de bailar?” y ella me dijo, mirándome a los ojos “sí, tengo ganas de bailar, pero no con vos”. Esa fue la primera sensación, tal vez la única, de despecho en mi vida. Pero duró un instante, porque volví a ser feliz cuando me aclaró “no con vos, ahora, porque soy muy alta y vos muy petisito, pero en unos años quién sabe…” Al amor diferido también lo considero parte de mis éxitos amorosos. Y así petisito y todo recuerdo uno de mis lentos con Carolina, cuando le dije (y sé que fue consecuencia de mi descontrol emocional en ese momento) “¿sabés lo que haríamos si no hubiera nadie en la pista y estuviéramos solos?”, ella me dijo “no… ¿qué haríamos?”, y yo, con todo el amor de mi honestidad, la provoqué contestándole “y… no sé”; como la música estaba muy fuerte ella me dijo “¿cómo?”, y yo, esta vez pensando mejor en mi respuesta, concentrándome, le dije “y… no sé”. En mi cajón de los éxitos amorosos conservo un trocito del globo que exploté ágilmente durante el lento, para hacer más evidente mi hombría frente a ella.

Luego de estos períodos de bonanza amorosa, me retiré momentáneamente, porque comencé la secundaria en una escuela técnica electromecánica. Éramos todos hombres. Primer año sin ver una sola mujer. Segundo año sin ver una sola mujer. Tercer año con cambio rotundo de suerte: se inscribieron mujeres en primer año. Había siete divisiones de primer año, y tres ingresantes femeninas. El segundo día de clases no aguanté más y me acerqué a ellas, que estaban juntas las tres, y les dije “hola… hola chicasss”, alargando la s, y con voz más grave, porque a los quince años ya había cambiado la voz, aunque seguía petiso. Ellas me dijeron “hola… hola chico”; redondeando la o final. Hablaban medio a lo indio. Y bueno, fui el único de los varones de esa secundaria al que las tres chicas saludaban todos los días. Lamentablemente de este éxito no guardo un comprobante material en mi cajón.

Antes de comenzar cuarto año, decidí cambiarme a una escuela mixta, porque ya comenzaba a sentir otras necesidades. Como era tan popular entre las mujeres, para agradecer tanto amor decidí representarlas de alguna forma, y entré en el mundo de la política. Fui presidente del centro de estudiantes, aclamado por todas ellas. En esa escuela mixta pasaron tantas cosas… tanto amor. Y llegó el beso nomás. Paola. La más linda de mis compañeras. Usaba a veces unas trenzas a los costados, que eran irresistibles. Y claro, yo con la ventaja de ser presidente, aumentaba mi seducción. Fui al cumpleaños de Paola. Lo único que quería era besarla. Y se me dio. Cuando subí a la moto para ir a su casa, no imaginé que esa tarde finalmente llegaría el beso tan ansiado. Fue tan pasional, que no puedo detenerme en detalles. La cuestión es que cuando había terminado el cumpleaños, listo para irme, Paola me acompañó hasta el cordón de la vereda, y yo le dije, casi desenfrenadamente, “¿beso?”, y ella me dijo “… con ese casco puesto… medio difícil”, y yo, que ya contaba con vasta experiencia en el amor, le hice una mueca como de “y bué… no queda otra… con casco puesto el único lugar para besarme es…”. Ella, paralizándome con su desinhibición, se acercó y… me besó. No pude volver a usar ese casco, porque despegué el burlete de goma protector por donde pasaron sus labios camino hacia los míos, para guardarlo en mi cajón de los éxitos amorosos.

También en esta escuela mixta estudiaba Lali. El mayor amor de mi juventud Sub 20. Era tan hermosa, y tan alta, que esperé como un año para hablarle. Me enteré que tocaba piano, y que era hija de un ex compañero de mi padre. En esos momentos con mis hermanos y otros chicos armábamos una banda de rock. Ingeniosamente les dije a todos “la banda necesita un teclado”. Y fuimos directamente a la casa de Lali. Atendió otra chica, de un metro ochenta, que no era Lali, sino la hermana de Lali. Nos dijo que Lali no estaba, pero que ella también tocaba piano y estaría más contenta que su hermana participando en la banda. El grupo se llamó “La bella y los bestias”, y me sirvió para acercarme a Lali. Una de mis noches de baile la vi, y antes de que le dijera algo, ella me dijo “hola”, sonriendo. Casi volaba de la felicidad y les conté eso a mis compañeros. Ellos pensaron que Lali era una diosa, así que esa noche apostamos. Apostamos fuerte. La vimos sentada en un sillón tipo banco de plaza, y dijimos “el primero que se siente donde ella está sentada, es un ídolo”. Justo ella se puso de pie y yo corrí como superhéroe. Fui el primero en sentarse en el sillón, aún calentito, en donde ella había estado. Guardo un pedacito de ese banco de madera en mi cajón de los éxitos amorosos.

Terminé entonces la secundaria, cargado de éxitos amorosos, y me tomé unas vacaciones en Merlo (provincia de San Luis). Allí había una confitería llamada “Soho”, muy linda y recientemente inaugurada. Conocí al dueño y me enteré de que su hija estaba por ir a visitarlo. Gente de Buenos Aires. La chica era modelo, joven, y muy linda, según todos comentaban. Con tanta expectativa, empecé a pensar qué le diría apenas la viera. Y llegó el momento en que llegó. “Está…”, no me acuerdo del nombre de esta chica… ¡Luciana!, ese era el nombre. “Está Luciana” me dijeron en la barra, señalando una mesa hacia la derecha. Me acerqué a ella y me presenté. La verdad es que era tan linda que no pude decirle nada de lo que había planeado. Al otro día, en cambio, tomé coraje, fui a la pequeña librería en donde ella estaba, entré y, como no había nadie más, la miré. Ella, semiarrodillada, acomodaba unos libros. Levantó la vista, me miró y me sonrió sin decir palabra. Yo le dije “¿sabés que desde ayer soy un ferviente creyente del amor a primera vista?” Ella me contestó “yo también…” Balbuceé un imprevisto “…ah…”, y me fui. De todas las respuestas que hubiera podido imaginar, esa no aparecía en el catálogo. Me desequilibró de tal manera que no pude agregar nada. Y con semejante éxito, procuré ampliar mi catálogo de preguntas y respuestas para que no me tomaran desprevenido una próxima vez.

Al entrar en la universidad, empezó la cosa seria. Yo ya estaba harto de los amoríos cortos. De las relaciones sin horizontes. Quería algo más duradero. No sé… al menos tres besos antes de cortar. Una tarde, en medio de la desorientación típica de cualquier joven ingresante a la universidad, la vi a ella. Hasta el día de hoy, nadie jamás volvió a hacerme olvidar el tema de conversación o perderme entre las palabras. Me reía o fruncía el ceño solamente por lo que creía que ella hablaba. Sólo podía admirar su belleza. Si ella abría los ojos grandes, yo sonreía. Si ella agitaba la cabeza hacia los costados, yo fruncía el ceño. No escuchaba lo que decía, o no entendía. No entendía nada de nada. Bueno, esta chica, Virginia, fue como una estrella fugaz… tal vez por lo cortés de la relación y el largor de la emoción. Me presenté directamente y le dije que era más hermosa que una puesta de Sol en Merlo, que parecía tallada por un escultor, que yo andaba por las nubes cuando la veía, y cuántas cosas más le habré dicho. A ella siempre le gustaron las cosas que le dije, se ve, porque incluso después, cuando se fue con otro, cada tanto nos veíamos y me daba algunos besos. Así era yo de irresistible. Ese otro parece que era medio gay; ella lo dejó por otro con el cual se casó. Casada y todo es evidente que nunca pudo olvidarse de mí, porque no hace mucho alquiló un local de mi empresa para poner un negocio con su marido. Por supuesto guardo ese contrato de alquiler en mi cajón de los éxitos amorosos.

Después del tiempito que me llevó olvidar a Virginia, cuatro años, me reencontré con Verónica, mi amor de cuarto grado. No había contado nada de ella porque todo se puede comprender muy bien con mi canción titulada “La Verito” (cantaré esta canción al final del monólogo). Verito me amó mucho, y me aseguró que moriría cuando le dije que me iba a vivir a los Estados Unidos. Para asegurarme de que no estuviera muerta la llamé a los cuatro meses; me atendió la madre y me contó que Verito no vivía más allí sino en una flamante casa con un flamante esposo. ¡Me puse tan feliz de saber que mi amada no estaba sufriendo más! Aún guardo un rollito de cable del teléfono desde el que la llamé, en mi cajón de los éxitos amorosos.

En los Estados Unidos el tema amoroso decayó enormemente, debido a ciertas características de las mujeres de allá. Además de que me amen, quiero que sean buenas. Y nada más. No entiendo a esos que exigen esto y aquello. Se supone que las demás virtudes no deben ser requeridas. Porque una mujer que no sepa cocinar, lavar los platos, planchar la ropa, hacer masajitos antes de dormir, o que no sea alegre, graciosa, inteligente, voluntariosa, pasional, hábil en los deportes, culta, intelectual, y con capacidades artísticas desarrolladas, no es una mujer. La cuestión es que en una de mis visitas a Argentina conocí a Laura. Ella no seguía como quién dice mis parámetros de belleza: rubia, de baja estatura, pelo rulito, cintura pequeña, voluptuosa, y ojos verdes. Bueno, pelo rulito sí tenía. Era mulata, y medía un metro ochenta y dos. Ella no sólo reunía todos los atributos anteriormente mencionados, sino que también tenía cosas más hermosas que las más hermosas que yo imaginaba que una mujer hermosa podía tener. La cosa es que me enamoré mal. Como nunca antes. Y ella, parecía que también. A tal punto que antes de dejarme me acompañó al aeropuerto, y yo le dije, parafraseando a Inodoro Pereyra, “si me pedís que me quede, me quedo”, ella me sonrió… en realidad creo que se rió. Y era tan altruista que no me pidió nada. No me dijo nada. Ni chau me dijo. Luego, una vez, la llamé para decirle que no podía dejar de pensar en ella. Que en ella pensaba el segundo después de despertarme, el segundo antes de dormirme, y todo el tiempo que quedaba entre esos dos segundos. Ella nuevamente apelando a su altruismo, a su amor por mí, y a su profesión, me dijo “¡puedo recetarte un antiobsesivo genial!”. Y no agregó más nada. En mi cajón de los éxitos amorosos guardo aquella tarjeta de embarque, y una foto de ella conmigo en una fiesta de casamiento (ella con tacos aguja, inclinada para pasarme solamente por media cabeza); también un álbum de fotos que saqué de ella jugando con la nieve en el patio de mi casa de New York, un álbum de fotos que saqué de ella limpiando el horno de microondas, un álbum de fotos que saqué de ella caminando por Palermo en invierno con un tapado de cuero con pelos, un álbum de fotos que saqué de ella caminando por el Rosedal en primavera, un álbum de fotos que saqué de ella jugando un partido de vóley como capitana, un álbum de fotos que saqué de ella haciéndome reír mientras yo asaba un asado, y mi laptop (notebook) HP que no pude usar más porque se me llenó el disco duro, con fotos de ella.

Antes de volver de los Estados Unidos tuve dos grandes amores: Jessica y Leah. Little Jess, para mí, y también para el resto de los hombres que la quisieron, era holandesa, hermana de un compañero mío de universidad y muy amigo. Fueron tantos los momentos de amor que viví con ella que casi no me acuerdo de ninguno. Bueno, de tres me acuerdo, por su intensidad. El primero, cuando la conocí, en la cancha de fútbol. En el curso, habíamos armado un equipo que jugaba los intramurals. Ella pasó por casualidad y su hermano le dijo “él es Fabián, mi amigo y compañero de clase”. En holandés se lo dijo, por eso no entendí. Ella me dijo “hola, gusto en conocerte”. En inglés me lo dijo, por eso entendí. Y me dio la mano. No importó el filoso frío de la noche invernal, ni el guante de lana que ella tenía puesto en su mano, ni el guante de lana sobre el guante de nylon que yo tenía en mi mano, para que fuera una calurosa y pasional dada de mano. El momento se había puesto tan caluroso que hasta me levanté el pasamontañas para verla mejor. Inmediatamente le pregunté si quería formar parte de nuestro equipo, y aceptó. En uno de los partidos, el más romántico de los partidos, yo, que estaba a punto de marcar, le pasé con sensualidad la pelota para que ella anotase, y así fue. Gol. El gol de mis sueños, que, paradójicamente no había convertido yo con mis hábiles pieses, sino ella. Muy poco después, a los veintiocho días, la invité a ver una feria de equipos fotográficos. Ese fue el segundo momento de amor. Estuvimos un día juntos, paseando por el Central Park, y comiendo, y tomando un vinito. De vuelta a casa, en tren, me inspiré tanto que le compuse una canción (no cantaré esta canción, pues su género melódico es muy distinto al de las otras tres canciones que sí cantaré). Luego se la envié por e-mail, y ella me contestó que le encantó. No tanto como para dejar al novio, pero para mí que quedó enamorada porque, unos tres meses y cuatro días después, vino a mi fiesta de despedida la noche antes de que yo volviera a mi país. Estábamos bailando y cuando terminó la canción ella me abrazó con fuerzas, sin soltarme, por varios segundos. Ese fue el tercer momento de amor. Yo ya sabía que ella gustaba de mí. Y que no haya aceptado salir al cine, ni a tomar un café, ni a tomar un Martini, ni a tomar un whisky, ni a tomar una coca, ni a tomar un juguito Arizona, ni a tomar agua mineral Poland Spring, se había debido solamente a que ella no quería aferrarse a mi amor, porque sabía que luego no haría más que extrañarlo. Eso exactamente fue lo que me dijo al final de la fiesta, cuando se quedó sola en mi casa, antes de pedirme que la llevara a la suya, y antes de decirme que iba a vivir ansiosa por volver a verme en mayo, cinco meses después, para la graduación. Los dos asistimos a dicha ceremonia. De ella resaltaban su pelo teñido de naranja, en el que se agarraba una hebilla con un collarcito de pelotitas brillantes, y su mano suave y delicada, en la que se agarraba un novio sin pelo, con cara de imbécil no saludador. De esta historia guardo en mi cajón de los éxitos amorosos algunas hebras de pasto sintético del área chica de la cancha de fútbol, atadas con un nudito de la red del arco protagonista de ese golazo tan lleno de amor.

Mi otro amor americano fue Leah. ¡Ay! Si de solo nombrarla se me estremecen los músculos. Leah era la luz en la oscuridad. A veces era la oscuridad también, cuando se apagaba la luz, o cuando había poca luz. Ojos oscuros, cabello oscuro, cejas oscuras, pestañas oscuras, labios oscuros (¡pero qué labios!). Una auténtica belleza afroamericana. ¡Cómo bailaba! Era una gacela. El momento más romántico fue una noche en que estábamos ensayando para cantar unas canciones (¡cómo cantaba!) y comenzó a nevar (¡cómo nevaba!). Terminamos de tocar y la invité a comprar sushi para cenar. Estacioné el auto, le abrí la puerta, y ella bajó, y la nieve de fondo, y ella en primer plano, y la nieve de fondo, y ella… Entramos a comprar sushi y mientras esperábamos yo me senté a admirar sus movimientos, hasta que en un momento me preguntó “¿estás bien?” La cara de carnero degollado que debo haber tenido. Estaba como en trance místico mirándola. Salimos de allí, y como cada cual cenaría en su casa, la llevé a buscar su auto. Estaba muy cubierto de nieve. Le dije que esperara calentita con la calefacción dentro de mi auto mientras yo limpiaba el suyo. Cuando terminé, antes de despedirnos, le pedí que me cantara una canción. Así lo hizo. Entonces confesé que cada vez que bajaba al primer piso de la facultad era para verla a ella, y no para hacer la cantidad de excusas que todo ese tiempo había inventado, y que comprando sushi me había perdido con su belleza, y todo eso. Se enamoró tanto de mí que prometió estar en contacto conmigo, escribirme e-mails, y tenerme al tanto de los detalles de su divorcio. De ella guardo en mi cajón de los éxitos amorosos un copito de nieve que cayó de entre sus rizos aquella noche. Lo conservé celosamente en el freezer durante meses, y lo transporté en el avión de vuelta dentro de un tacho de helado de telgopor junto con una bolsita farmacéutica de hielo. Probablemente ya se debe haber derretido.

De vuelta en Argentina continué viviendo ráfagas huracanadas de amor, con historias que voy a resumir, no por ser menos significativas, sino por ser humilde.

Pochita: hermosura celestial. Recuerdo cuando no quería tomar helado porque yo había chupado un poquito para que no chorreara. Soñaba todas las noches con ella. Me dijo que la esperara un poco, porque era muy joven. Hace cuatro años la espero, me quedan cuatro para que llegue a los veinte y nuestra historia se haga realidad. De ella guardo en mi cajón un patito que compré junto con otro igual que le regalé.

Guillermina: era linda; le hice una canción (la cantaré después del final del monólogo). Era tan daditativa que no quería nunca aceptar nada. Una vez la llamé para regalarle el CD recién grabado, del que la canción número seis era la suya. Me dijo “no, gracias”.

Feliciana: le puse su nombre a una canción. Le regalé en una fiesta el CD recién grabado, del que la canción número siete era suya. De la emoción, creo, sólo pudo decirme “¡ah, gracias!”.

Natalia: la verdadera inspiradora de la canción número siete, “La Feliciana” (la cantaré después del después del final del monólogo). No le puse su nombre a la canción debido a que nuestro amor fue demasiado pasional, y me iba a desconcentrar cada vez que la cantase. Ella no estaba preparada para tanta emoción, por eso eligió quedarse con su novio, ya que además compartían la tarjeta de crédito. Nunca comprendí la relación de su tarjeta de crédito con mi amor, y con su miedo a la emoción, pero lo mismo la seguí amando, por ser tan honesta conmigo. Guardo, no en mi cajón, sino en mi guitarra, el corazoncito sacado de la torta del casamiento del primo de su novio, que ella me regaló durante el mismo casamiento.

Lucila: la única que me hizo confundir mientras daba una charla sobre degustación de vinos. Me miró y chau, no sabía de cuál corcho estaba hablando. Por suerte, ella, que era muy perceptiva, me señaló el corcho para que pudiera o pudiese continuar con mi charla. Una sonrisa… que me llevaba al cielo ida y vuelta, ida y vuelta. También me llevó de ida a cenar a Palermo Hollywood. De ella guardo en mi cajón aquel corcho, que le iba a regalar después de la cena en Palermo Hollywood.

Ya, casi al final de esta sucesión de anécdotas de triunfo, es el turno de recordar a Sofía, no mi primer amor de la primaria sino mi último amor de hace poquito. Hace poquito la conocí, y fue un éxito rotundo y express (o sea, todo sucedió en un poquito de tiempo). Sofía fue el único éxito amoroso originado por el sistema de presentismo: me la presentó un amigo. Ella antes de conocerme, solamente por referencias de mi amigo, ya había comenzado a gustar de mí. Hablamos por teléfono una noche, en la que ella no ocultó su incomodidad por los minutos que llevaba esperando a que yo llegara o llegase al lugar en que ella estaba. La primera vez que la vi no pude saber si me gustaba o no. Luego supe que me gustaba, en el momento en que ella apartó el cabello de su cara. Eran dos mechones ubicados uno a cada lado de la frente, casi sobre los ojos, iluminados oblicuamente por dos focos de luz que producían sombra también oblicua sobre la casi totalidad de la superficie de su cara. Además de descubrir que me gustaba, descubrí que ella gustaba mucho de mí. Y entonces salimos cuatro veces. Cada salida era más romántica que la anterior. Ella tenía una ida y una llegada espectaculares. La llegada era contundente. La ida requería de tres pasos hasta desplegar su actitud de espectacularidad. La ida me hacía quedar relajado, pensando qué linda era la vida. La llegada me tomaba por sorpresa y me hacía sonreír. Yo también la hacía sonreír mucho y muchas veces hasta la hacía reír. La última vez que salimos fue realmente romántica. Una larga caminata por Puerto Madero, con el Sol ocultándose, la brisa cálida soplando hacia la misma dirección de nuestra caminata de ida, yo mirándola todo el tiempo, y ella mirándome de costado intermitentemente. Estaba tan desconcentrado que si el puente giratorio giraba mientras cruzábamos sobre él, no me hubiese dado cuenta de que habría comenzado a caminar en sentido contrario. Sus últimas palabras fueron “llamame” (esa es una sola palabra, pero utilizo el plural porque la repitió varias veces). Yo la llamé desde mi teléfono celular una vez por cada “llamame” que ella había dicho. Primero pensé en la posibilidad de que una fatalidad hubiera sucedido. Luego cuando mi amigo presentador me dijo que ella estaba de lo más bien sentí una inquietud en saber la causa de su incontestación a mis llamados. Este amigo mío averiguó que ella pensaba que no estaba preparada para algo así. A pesar de la alegría que siento al recordar a Sofía, me ha quedado la duda de si ella se refería a que no estaba preparada para caminar con la brisa cálida soplando en la misma dirección que su caminar, porque ello produce un despeinado de compleja solución, o si se refería a que no estaba preparada para sonreír tanto, porque ello produce una vulnerabilidad al corazón. Como no tengo una foto para recordarla, creé un collage de su llegada con estilo surrealista, utilizando materiales diversos que fui recolectando: el filamento de uno de los foquitos que la iluminaban oblicuamente cuando la conocí (y que desenrosqué solicitando permiso al bar), el cubre-botón plástico del secamanos eléctrico del baño del restaurante donde cenamos la primera vez (era un cubre-botón recambiable que estaba roto), una de las bolitas de madera del masajeador de cuello que utilice al volver de la segunda cena (porque me senté a su lado, en un sillón tipo sofá, al terminar de comer), y mi teléfono celular. Este collage está arriba de todo en mi cajón de los éxitos amorosos.

E, inesperada e insospechadamente, tal como han terminado algunas de estas historias de felicidad, termina este monólogo.

Este es el final del monólogo, con canción para cantar en este final.

“La Verito”
(Gato, en La mayor – acorde dulce para tocar, pero que si se toca mucho o demasiado, empalaga o enllena, respectivamente- )

(Primera)

Al abrirme la puerta Verito,
mis ojos brillaron sin más.
Al abrirme la puerta, Verito,
mis ojos brillaron sin más:
estabas más alta, Verito,
que catorce años atrás.

La misma intensidad Verito,
de tus ojos marrones sin par
El mismo color de tu boca,
que aquél que me hacía vibrar

Cuarto grado en la escuela
me bastó para comprender
que un alma como la tuya
mucho tiempo quería tener.
Así es la vida Verito:
el tiempo testigo será.

Y ojalá nos vea juntitos
como catorce años atrás.

(Segunda)

Te cuento que yo, Verito,
en este tiempo aprendí.
Te cuento que yo, Verito,
en este tiempo aprendí
más y más cosas, Verito,
hermosas, con las que crecí.

Para nada perdí, Verito,
mi auténtico corazón.
De eso estate segura,
no me lo quita ningún tropezón.

Ahora mirame, Verito,
pues sé que voy a poder
darte un abrazo y unos besos,
pues en cuarto grado no lo supe hacer.
Así es la vida Verito:
el tiempo testigo será.

Y ojalá nos vea juntitos
como catorce años atrás.

Este es el después del final del monólogo, con canción para cantar en este después del final.

“La Guillermina”
(Chacarera en Re mayor – acorde alegre para tocar, pero que si se toca mucho o demasiado, marea o nauseabundea, respectivamente)

(Primera)

Ahora voy a cantar
la chacarera más dulce;
la única, la tuya,
la que a adorarte me impulse.

Yo corro, yo viajo horas,
organizo mis tiempos,
para con tu sonrisa
crecer en cada momento.

Me han dicho que no hay que mezclar
trabajo con amor,
pero será más productivo
trabajar amándonos.

Todo lo que aprendí
en mi hermosa vida
lo usaré para cuidarte
con el alma entera, bonita.

(Segunda)

Iremos a ver
las estrellas a Merlo,
tu alegría crecerá
y te contemplaré de cerquita.

Contemplaré tu carita
y eso me tranquilizará.
Contemplaré tu almita
y eso me engrandecerá.

Luego dialogaremos
y juntos concluiremos
que los que sienten igual
sus corazones unirán.

Los unirán para cambiar
la deshonestidad.
Los unirán para cambiar
la inautenticidad.

Verás que sos hermosa,
yo te lo enseñaré
y tú me enseñarás
lo que se logra al querer.

Todo lo que aprendí
en mi hermosa vida
lo usaré para cuidarte
con el alma entera, bonita.

Este es el después del después del final del monólogo, con canción para cantar justo ahora.

“La Feliciana”
(Zamba en Do mayor – acorde redondo para tocar, pero que si se toca mucho o demasiado, engorda o revientonea, respectivamente)

(Primera)

Sonrisas, giros y latidos,
suaves y tiernos al bailar;
aún te recuerdo niña
con tus ojos de verde mirar.
Aún te recuerdo niña
con tus ojos de verde mirar.

Sueño con tus mejillas
y con mis manos acariciándolas,
para con el universo
de tus labios un beso crear.
Para con el universo
de tus labios un beso crear.

En este estado de encanto
siento mi cuerpo flotar.
Quisiera llevarte, niña,
y libremente poderte amar.
Quisiera llevarte, niña,
y libremente poderte amar.

(Segunda)

Cuando algo se torne oscuro
tú lo podrías iluminar,
con la misma luz que dejas
cuando vienes y cuando te vas.
Con la misma luz que dejas
cuando vienes y cuando te vas.

Ansío entusiasmado
tus sentimientos conocer,
eterna poseedora
del alba y del atardecer.
Eterna poseedora
del alba y del atardecer.

En este estado de encanto
siento mi cuerpo flotar.
Quisiera llevarte, niña,
y libremente poderte amar.
Quisiera llevarte, niña,
y libremente poderte amar.

Por último, lo último: canción para no cantar aquí. Bueno, mejor la canto, pero solamente porque el monólogo ya tuvo un final y también tres canciones a posteriori; es decir, terminose.

“Little Jess”
(R&B, en uno de los tonos anteriormente descriptos)

You like to see the stars glowing on your ceiling
I love how in your eyes they’re always shining

You like the taste of that flower you brought
I love how it smells having you close

You like to sleep while being quiet and warm
I love to cover you with my heart

I love to realize that I can find
The beauty of a sunset inside your mind
And the peace of a warm rain in the truths you say
Little Jess… A person is a whole new world
All the movements that you softly make
Are the most beautiful, endless, landscapes
I want to grow with you, with you I want to stay
You are my natural wonder… I can’t more verbally say

En fin… después de haberles cantado estas bellas canciones, les quiero decir que, por más que les haya dicho que el monólogo había terminado, mejor sigo un poquito más.

Lo que sucede es que me quedaron dos éxitos para contar. Y me decidí a incluirlos justo después de que había terminado de escribir todo lo que ya conté. Y aunque me hubiera decidido antes, no habría sabido en qué parte ubicarlos, porque ambos éxitos tienen un tono medio… eróstico. En fin, se trata de dos mujeres que marcaron mi vida de viejo, la una, y mi vida, la otra.

La una es Luciana. No la que ya mencioné, sino otra Luciana. La conocí en un hotel en el que yo estaba trabajando. Me acerqué a ella mientras tomaba sol sobre una reposera junto a su madre. Seleccionando la mejor de las varias estrategias de acercamiento que tenía, me presenté caballerosamente y la invité a jugar un partido de fútbol que se haría entre los huéspedes del hotel. Con una carcajada me dio a entender que no aceptaba mi invitación. Me alegré mucho, por eso que dicen que uno, cuando hace reír a una mujer, se convierte en un Sean Connery James Bond. Después la invité a una clase de baile, seduciéndola mediante la descripción de la semejanza que existía entre un trompo y yo sobre las pistas. Nueva carcajada de ella y nueva alegría mía. No quiso bailar. Pero sus carcajadas me habían dejado muy enamorado. Antes de que ella terminara sus días de vacaciones en el hotel, le dije que si la hubiera podido ver fuera de mi ámbito laboral, no hubiese aguantado más de tres segundos en darle un beso. En ese momento, descuidadamente y en medio de otra carcajada, por alguna razón le recordó el número de su celular a su mamá. Yo, ávido recolector de indirectas femeninas, memoricé su número telefónico y luego me las ingenié para invitarla a cenar en Buenos Aires. Aceptó. Al mismo tiempo que yo llegaba corriendo al lugar de encuentro (cerquita del Malba), ella llegaba caminando. Cuando la vi, ella estaba pasando debajo de un árbol grandote. Estuvo en sombras por un segundo. Luego se iluminó. ¡Ay ay ay! ¡Qué linda que era! Unos ojos muy pero muy enormes. Una boca muy enorme, delineada naturalmente a la perfección, enmarcada en unos pómulos prominentes y rodeada por la piel más lisita que había visto. Me dijo “hola”, sonriendo. Le dije “hola” y así, sin hablar mucho, nos fuimos a cenar. En la cena hablamos de cosas que no me acuerdo; ella carcajeaba mucho, como a mí tanto me gustaba. Sentado a su lado, en una de esas carcajeadas no pude contenerme y la besé. “Tardaste más de tres segundos… más bien tres horas”, me dijo. Cada una de sus palabras eran como flechas que daban en el centro del blanco de la sabiduría. Yo, con diez años más que ella, no sabía ni agarrar el arco. De todas formas, ¿tan exitoso podía ser? Envalentonado por toda la situación, me libré de inhibiciones y le confesé que estar sentado a su lado toda una cena no proveía el tiempo suficiente para admirar su belleza. Le dije que sería maravillosamente feliz si tan sólo pudiera estar sentado a su lado toda una noche. “¿Y por qué no podés?” me preguntó. Lo que hubiera respondido, pero no hube, se me ocurrió dos semanas después. Allí, en ese momento, no se me ocurrió nada. Sospecho que debo haberme quedado corto. Pero igualmente, ¡qué éxito! De Luciana no guardo nada en el cajón de los éxitos amorosos, porque tengo la seguridad de que, como no nos hemos vuelto a ver, me llamará en cualquier momento.

La otra es Adriana, sobre quien estuve pensando todo el tiempo en que les cantaba las bellas canciones y todo el tiempo desde mis veintiún años. Mi mentora, mi musa, mi mujer de toda la vida del amor, mi mayor éxito. La conocí a mis quince años, de casualidad, una vez que acompañé a mi papá a hacer unos trámites al negocio de una señora conocida de su infancia. Cuando llegamos al negocio, nos recibió una jovencita de unos veinte años, quien nos pidió que esperáramos un momento hasta que llegara la señora. La jovencita se retiró y mi papá y yo nos quedamos sentados en unos sillones. Mientras mi papá preparaba unos papeles, yo pensaba en la jovencita, cuya voz… bueno, cuya toda me había dejado estupefacto. La jovencita era como… ¿vieron las modelos más lindas de Giordano? ¿Vieron esas que salen en las contratapas de las revistas? Bueno, así. Porque era modelo de Giordano y porque salía en las contratapas de las revistas. Aunque pensándolo bien, así igualita igualita, no. En vivo y en directo ¡era más linda aún! Después de un ratito llegó la señora. Y después de otro ratito esta señora se puso a conversar conmigo. No recuerdo bien cómo fue, pero gracias al cielo salió el tema de mi hobby: la fotografía. “¿Y sacás fotos de modelos?” me preguntó la señora. “Porque mi hija es modelo y le encantaría sacarse fotos en su ciudad natal… ahora que ya no vive más aquí… ¿La viste recién? ¡Es quien los atendió! ¿Querés que te la presente?” me dijo la señora, que seguía hablando sin notar que yo había perdido la conciencia ante semejante proposición. Cuando pude volver en mí, la señora me estaba presentando a la jovencita que nos había atendido: “Ella es Adrianita, mi hija”. Comencé a hablar de golpe y todo de corrido. Le dije que era un experto fotógrafo de modelos aunque, debido a que no estaba completamente equipado, le podría sacar fotos en exteriores solamente. Y, unos días después, le saqué. Durante la sesión de fotos, que duró un par de tardes, conversé mucho con Adriana y así los dos entablamos una relación de amistad inocente, que duró otro par de tardes. Seis años después volví a verla. En la televisión. Me puse muy contento porque había estado mucho tiempo sin saber nada de ella. Ahora, después de seis años, sabía de ella: trabajaba en la tele. Dos días después de esos seis años, la vi nuevamente. En vivo. En el aeropuerto. Estaba sentada a una mesa, tomando un café con su mamá. Y un perrito. Con la piel a punto de derretírseme, caminé apuradísimo a su mesa, mientras iba pensando cómo haría para que ella recordara quién era yo. Cuando estaba a dos pasos de distancia de la mesa, Adriana levantó la vista, me miró, sonrió muy grandemente, y dijo en voz alta “¡Fabián!”. Fue exactamente así. De verdad. “¡Qué grande que estás!” dijeron al mismo tiempo Adriana y su mamá. Entonces, haciéndome el grande, le conté que estaba estudiando ciencias económicas y que había abierto un estudio profesional de producciones fotográficas. “¿Y tenés novia? Porque Adri está sola” acotó la mamá. Yo no podía dejar de mirar a Adriana para tratar de enterarme cómo una mujer alcanzaba tales niveles de belleza. Adriana no sólo era despampanante, sino que además era inteligente y buena. Increíble, pero real. Era perfecta. Conversamos un poquito más y quedamos en vernos en el futuro. Pero todo eso era algo demasiado bueno como para esperanzarme. Sin embargo, en la cola para subir al avión, mientras yo soñaba despierto con aquellos momentos fotográficos de hacía seis años y dos días, repentinamente sentí un aroma angelical que me inundaba. Era el aroma de Adriana, quien se había acercado para darme su número de teléfono. Era el aroma de Adriana, que se convertiría en tan familiar y desesperadamente entrañable a partir de ese día. Lo que vino después duró nueve años. Con cortes, por supuesto. Sobre todo uno final, cuando ella creyó enamorarse de otro y quedó embarazada. Bueno, no fue el corte final, pero complicó las cosas. ¿Por qué no estuvimos siempre juntos? ¿Saben por qué? ¡Pues porque nadie puede darse el lujo de vivir semejante éxito! Era mucho. Era demasiado mucho. Muy demasiado. Guardo en mi cajón de los éxitos amorosos una sola foto de ella, que vendría a ser lo mismo que todo mi corazón.

Bueno, ahora sí. Se terminó.

Ya cuidé de un ombucito que era un bonsái y ahora es un ombucito mayor.

Ya escribí un monólogo.

Ahora me tengo que ir a ver si encuentro a alguien para tener un hijo.

¡A riverechi! ¡Manden fruta!

Lo bueno del Coronavirus

Siguiendo la habitual costumbre de buscar lo bueno hasta en las peores situaciones, noto que nuestro país se ha unido en su defensa contra este virus. Al parecer estamos todos de acuerdo en demostrar responsabilidad cívica, sin importar preferencias políticas, económicas o de cualquier tipo.

Hasta hoy, los únicos momentos en que vi que los argentinos nos habíamos puesto de acuerdo fueron los mundiales de fútbol (al menos acordamos festejar nuestros goles, más allá de los acérrimos desacuerdos sobre el DT, el plantel y las estrategias elegidas). Aunque me gusta el deporte, siempre esperé que un acuerdo nacional tuviera tintes más altruistas. Y, gracias al Coronavirus, por primera vez soy testigo de semejante acuerdo.

Siento un poco de pena por no poder salir a la calle a disfrutar de la triunfante ausencia de discusiones frívolas sobre si alguien le quitó a otro alguien el lugar para estacionar, o la esperanzadora ausencia de piquetes anticonstitucionales, o la tranquilizante ausencia de ruidos desconsiderados hacia el prójimo. Pero estoy feliz por sentirme coterráneo de personas que acuerdan cuidarse entre sí.

Claro que soy consciente de que no tengo la menor idea de cómo sobrevivirán las pequeñas y medianas empresas del país. Al menos la nuestra, que, sin algún milagro de por medio, probablemente quiebre. Sin ningún ingreso, pero siempre con egresos fijos y con la conocida carga impositiva del 63%, no espero otra cosa que magia salvadora. Y no lo digo para tirar una pálida, sino para prestarle atención a los porcentajes. Porque analizar los porcentajes es una tarea crucial para formar un criterio de prioridades.

Si logramos un acuerdo total para luchar contra el Coronavirus, que ha afectado al 0,00014% de nuestra población, ¿por qué no logramos un acuerdo total para proteger a las pequeñas y medianas empresas, que generan el 70% del empleo y conforman el 99% de las empresas argentinas?

Recuerdo cuando el SIDA comenzó a alarmar a la gente, allá por las décadas del 80 y el 90… En esa época, cuando mi padre estaba especializándose justamente sobre el SIDA, un noticiero de TV local lo invitó a brindar información médica actualizada a los ciudadanos sobre dicha enfermedad. Mi padre respondió todas las preguntas, explicó otros detalles más, y finalizó diciendo que, aunque el SIDA era preocupante, había que priorizar los recursos siguiendo las estadísticas: por ejemplo, en Argentina vivían más de un millón de personas afectadas por el incurable Mal de Chagas (el 20% de los enfermos mundiales). Al periodista no le gustó que mi padre desviara la atención de la enfermedad de la que todos hablaban en ese momento.

En línea con esta anécdota, hoy podríamos decir lo mismo del mismo Mal de Chagas, o del dengue, este último con 526 casos confirmados y 2 muertos desde el último brote, sólo en Córdoba. O de los accidentes de tránsito, con 6.627 muertes el año pasado en el país. ¿Que los accidentes de tránsito no son una enfermedad? Bueno, si consideramos la cantidad de jóvenes que mueren en auto como consecuencia de los estupefacientes y las trasnoches de boliche, evidentemente que esos accidentes sí son una enfermedad, y muy contagiosa. Y no me vengan con que soy el malo de la película “Footloose”, porque no es eso lo que quiero decir. También hemos disfrutado salir a bailar… me estoy refiriendo al extremo de perder la conciencia, la responsabilidad cívica, ¡la vida!

Si logramos un acuerdo total para luchar contra el Coronavirus, que representa el 0,85% de las muertes por accidentes de tránsito, ¿por qué no logramos un acuerdo total para proteger a nuestros conductores y a nuestros transeúntes?

Si lo hemos podido hacer con el Coronavirus, cuyas estadísticas están lejísimos de las principales amenazas de la salud y la vida de los argentinos, ¿por qué no acordamos respetarnos de una vez por todas?

-Fabián G. Fábrega

¿Qué es un all-inclusive?

Nosotros, en Argentina, comenzamos a escuchar sobre hoteles all-inclusive hace ya algunas décadas. Ese término nos llegó, principalmente, desde hoteles caribeños, que brindaban todos sus servicios, ilimitadamente, en una tarifa fija. ¿Todos sus servicios? ¿Ilimitadamente? Bueno, no tan así. Hoy sabemos que esos hoteles brindan muchos servicios, sí… al menos muchos más que el servicio básico de habitación con desayuno. Comidas, bebidas con y sin alcohol, actividades de entretenimiento diurno y nocturno. Pero les cuento una anécdota personal y la visión que tenemos en El Castillo.

La primera vez que fui a un hotel all-inclusive, en una playa caribeña, me impresionó ver tantas personas en un mismo lugar. Y escuchar tanto ruido. Pero más me impresionó ver tanta gente alcoholizada. Y después me impresionó enterarme que las clases de tenis se pagaban aparte, y las clases de buceo también, y las excursiones también, y determinadas actividades que requerían que algún profesional las guiara también, y el room-service también, y las bebidas alcohólicas de buena calidad también. Y resulta que los restaurantes y las instalaciones de esparcimiento de uso libre del hotel tenían horarios ¡y hasta cupos! limitados.

Cuando con mi familia diseñamos los servicios que brindaríamos en El Castillo, decidimos lo siguiente: todo lo que pudiéramos brindar dentro del hotel, estaría incluido en una misma tarifa. Desde la comida recién cocinada hasta las clases personalizadas de pintura. Desde los talleres de música con instrumentos profesionales hasta las caminatas por senderos serranos. Desde la organización de un evento corporativo hasta el equipamiento de audio/video. En varios eventos académicos, hemos incluso ayudado a diseñar conferencias completas (escribiendo el texto y armando las presentaciones en PowerPoint).

La idea es realmente sencilla: una sola tarifa por persona. ¿Y cómo incide la tarifa en el tipo de habitación? No incide. Asignamos las habitaciones por orden de reserva, o por características de los huéspedes (edades, composición del grupo, notificación de preferencias, etc.). La única excepción son las bebidas alcohólicas: no las incluimos.

Entonces, retomando la pregunta del título: ¿qué es un all-inclusive? Resulta que no existe una definición exacta de hotel all-inclusive, y cada all-inclusive tiene su reglamento y sus limitaciones. Ojalá existieran más nombres o denominaciones para los hoteles, según los servicios que se brindaran dentro o fuera de su tarifa.

Para ser más específicos, y a falta de un mejor nombre, nuestro all-inclusive tiene los siguientes reglamento y recomendaciones:

BEBIDAS Y COMIDAS

Desayuno: 9:00 a 10:30
Almuerzo: 13:00 a 14:00
Merienda: 17:00 a 18:00 (17:30 a 18:30 en verano)
Cena: 21:00 a 22:30 (21.30 a 23:00 en verano)
Nuestro menú es fijo y respeta las necesidades de nutrición. Elaboramos los platos diariamente con productos orgánicos e ingredientes frescos, para lo cual aplicamos un sistema de aprovisionamiento de tipo Just In Time. Por este motivo, los cambios deben solicitarse con una anticipación mínima de 24 horas. Las bebidas sin alcohol, cafetería Nespresso® y snacks están incluidas durante todo el día.

ACTIVIDADES

Consultar el cronograma de actividades diarias en el pizarrón del Lobby
Entrenamiento deportivo: de 10:00 a 11:00
Piscinas exteriores: de 10:00 a 20:00
Gym: de 10:00 a 13:00 y 18:30 a 20:30. Apoyo permanente de nuestros entrenadores en los juegos en el agua para niños y clases de natación y aquagym para adultos
Piscina climatizada/Jacuzzi: de 16:00 a 20:30 (desde las 18:30 en verano)
Fútbol: botines con tapones bajos
Tenis: la cancha es de tipo elastic-field (superficie similar a la del Abierto de Australia), por lo que requerimos jugar con zapatillas y raquetas reglamentarias. Clases grupales por la mañana
Caminatas y otras actividades al aire libre: sugerimos calzado para superficies pedregosas y gorras o sombreros para protegerse del sol; la variación térmica entre el día y la noche es considerable. Traer camperas y ropa térmica de mucho abrigo.
Kinder con maestras: 10:30 a 13:00 y 15:00 a 23:30 (menores de 3 años con adulto)
Duckpin bowling: las dos pistas son de madera original, muy antigua, por lo que pedimos utilizarla con zapatillas de suela lisa
Salones de juegos con ping-pong, mesas de pool y metegoles: hasta las 24:00
Juegos de mesa: nuestra colección siempre a su disposición, desde el ajedrez Star Wars Saga Edition al Kingdom Defenders, pasando por los clásicos Monopoly, Buraco, Pictionary y muchos más
Taller de fotografía: las cámaras fotográficas son bienvenidas, aunque también podrán participar con sus celulares
Danzas: no olvidar zapatillas bien cómodas, de media punta o tipo danza jazz
Sala de lectura: en nuestra biblioteca encontrarán obras literarias, libros de autores cómicos argentinos y bibliografía artística
Música: invitamos a sumarse a nuestra sala de ensayo profesional a quienes sean aficionados o profesionales de la música
Home Theater: cuenta con una colección de aproximadamente 100 películas y videos musicales originales
Degustación de vinos: consultar horario, sólo adultos
Fiestas Bailables: comienzan luego de la cena y finalizan alrededor de las 00:30. Siempre con coreografías de nuestras profesoras de danza
Cena Medieval: el mismo día de la cena son entregaremos los atuendos medievales

-Fabián G. Fábrega

18 años de emociones

Tal vez porque hace ya dieciocho años que comenzamos a vivir el desafío de convertir al Castillo en el lugar donde pudiéramos compartir momentos soñados con seres que aman a seres que aman la vida… O tal vez porque ya pasé los cuarenta años de edad… O tal vez porque veo cómo el bebé de mi hermana, primero y único de la familia, nos muestra cuánto más profunda y delicada es la vida…

El tema es que, durante este verano, cada segundo que viví en El Castillo me trajo una avalancha de emociones y una avalancha de reflexiones. Y una pregunta muy importante, que tiene que ver con saber si tantos años de entrega, amor, dedicación, esfuerzo y pasión familiar, han, realmente, valido la pena. Porque, como en cada aventura, cual yin y yang, cada gotita de felicidad en el camino ha tenido también su contrapartida (alguna renuncia, alguna injusticia…). Además, no sé si por el momento violento que está viviendo el mundo, o por qué motivo, en este verano tuvimos un par de huéspedes que nos maltrataron como jamás nadie lo había hecho. Y no sólo físicamente, sino también virtualmente (se ve que estos malos y malas persiguen la consigna de maltratar también en las redes). Sí, ya sé que, en valores absolutos, un par es muy poco comparado con cientos, o miles de personas que nos trataron amorosamente a lo largo de tantos años. Sin embargo, como los años nos han hecho personas cada vez más y más sensibles, en este par de ocasiones reaparece aquella pregunta de tono fatalista: ¿vale la pena continuar?

Pero, en el mismo momento que reaparece esa pregunta, cual ying y yang, también reaparecen recuerdos vívidos. Por ejemplo la cara de Delfi, entre sonriente y preocupada, acostada sobre el piso igual que yo, preguntándome: “¿había que caerse o te caíste porque estás muy cansado?”. Era el final de una coreografía que marqué en medio de una de las noches de fiesta, cuando todos estábamos vestidos con atuendos medievales. O la canción que cantó Viole mientras yo la acompañaba en guitarra, que por su dulzura hizo llorar de emoción a todos los que miraban el show de huéspedes. O la consulta de Nacho, que se acercó a sentarse para explicarme: “quiero empezar a estudiar fotografía, ¿me das un consejo?”. O las palabras de despedida de Azu, Isa, Isi, Lauti, Emi y Viole, que me dijeron que, para ser mejor, el mundo necesita personas como nosotros. Estos pequeños grandes huéspedes tienen entre once y catorce años de edad.

¡Y no sólo niñas y niños! Reparece la imagen de Ana María, con sus ochenta y tres años de sabiduría, enseñándonos a cantar a todos un melodioso canon… O de Julio, quien, mientras escribo esto, está aquí hospedado festejando su cumpleaños número sesenta y ocho junto a toda la familia… Hace dos horas nos dijo que “no recordaba un cumpleaños más feliz en toda su vida”.

¡Y no sólo huéspedes que vacacionan! Reparece el recuerdo del Retiro de Danza, que llevamos a cabo hace una semana, por quinto año consecutivo. Cuando los dejamos en el aeropuerto, los grandes maestros y artistas Paloma Herrera y Mario Galizzi, nos abrazaron y agradecieron, en nombre de ellos mismos y en nombre de la danza, por el “enorme apoyo desinteresado que damos al arte como expresión del alma”. (Y como una feliz casualidad, ese mismo día Julio Bocca nos escribió con esa misma intención de gratitud.)

En estos párrafos escribí nombres puntuales, pero no me olvido de todos los otros nombres. Ni de todas las otras caras. Ni de todas las otras palabras. Ni de ahora ni de los dieciocho años que han pasado en El Castillo. Cuando un huésped con quien compartimos gotitas de felicidad se va, extraño. Extraño mucho. Es un venir. Y es un partir. ¿Cómo no va a valer la pena continuar? ¿No?

-Fabián Gabriel Fábrega